El primero de enero del
2015, despertamos algo más de siete mil millones de seres humanos en el mundo;
de los cuales, aproximadamente dos mil millones viven en pobreza y mil millones
tienen hambre permanente. Esto, significa un grave problema, tanto para la
especie humana como para la casa en la cual habitamos.
El sólo citar de cifras
nada dice sobre los problemas que reflejan, sus origines y las posibles
soluciones a las mismas. Mas, nos atrevemos a decir que las causas son múltiples;
y, de existir enmiendas, también, éstas son variados. La miseria, el hambre, la
delincuencia, la descomposición social y la degradación ambiental; son algunos
de los síntomas de la barbarie presente en la Modernidad. La corrupción, la
práctica política degradada, la falsa democracia disfrazada de lealtad y vendida
a todas voces, la contaminación ambiental, el consumo excesivo de los recursos
naturales, el aumento a ritmo geométrico de la población; son algunas de las
causas que originan la citada brutalidad.
Indudablemente los
problemas presentes en la Modernidad, responden a múltiples variantes; por lo
cual, las estrategias a seguir deben estar acordes a éstas. Esto, indica un
cambio de los principios fundamentales sobre los que se ha esgrimido la
sociedad contemporánea. Haciendo especial énfasis en la educación como variable
estratégica de importancia suprema. Es indispensable remplazar una educación
que produce ciudadanos obedientes, que trabajan sumidos a la enajenación y
alienación de la era industrial y el mercado; por una educación que sea capaz
de modelar individuos poseedores de una alta capacidad crítica hacia sí mismos
y su entorno. A decir del maestro Paulo
Freire, alfabetizados en la medida que sean capaces de expresar la propia voz.
Una sociedad de
individuos críticos será capaz de reemplazar gobiernos dirigidos por
delincuentes que buscan desangrar las arcas nacionales mientras venden el sueño
del progreso sostenido. Una sociedad conformada por hombres capaces de pensar
su realidad será capaz de desplazar una ciencia y tecnología enfermiza por producciones
elaboradas desde el propio ser y estar. Así, la práctica política se
democratizará efectivamente, en la medida en la cual cada ciudadano y comunidad
sea capaz de engranarse en la estructura del decidir nacional, en lugar de
conformarse con elegir una u otra cara maquillada y sonriente frente a una
máquina de votación.
También, los individuos
críticos serán capaces de ver que somos muchos habitando la tierra. Y, esta
afirmación está mucho más allá de una posición neomaltusiana, criticada
fuertemente por sectores ortodoxos. Frente
a los esperanzados, a los que no logran percibir la degradación de los recursos
naturaleza, sentir el hambre y el sufrimiento de los miserables que de hambre
mueren, hay que decir que: SOMOS MUCHOS.
¿Por qué somos muchos?
Porque la tierra es incapaz de sustentar más de siete mil millones de bocas
comiendo por lo menos tres veces al día. ¡Dios! ¡Da horror el sólo imaginarse
la cantidad de comida necesaria para aliviar el hambre de tantos seres! Ante
eso, los optimistas de la tecnología afirman que con algo más, con sólo un poco
más de ciencia y tecnología se podrá producir la cantidad necesaria de
alimentos para todos. Señores, si esto llegara a suceder, el aumento de dióxido
de carbono, metano, etano, y otras sustancias tóxicas, las cuales surgen cada
día con la eficiencia reproductiva de las moscas, terminarían por romper el
endeble ecosistema en el cual habitamos; debido al desproporcionado consumo de
energía requerida. Primero se quebraría la tierra antes de lograr producir
tanta cantidad de alimentos. Un ejemplo claro de esto es la noble nación
argentina, la cual produce con creces la comida que sus habitantes necesitan, a
tal nivel que vende alimentos al mundo; y, sin embargo, es uno de los países
que arrojan a la atmósfera mayor cantidad de dióxido de carbono anualmente
en Latinoamérica.

Para quienes piensan que
la solución sólo es posible con una nueva práctica ética política, con mayores
y mejores niveles de democratización. Indudablemente su tesis tiene mucho de
cierto; la solución a los problemas sociales contemporáneos pasa por un
rediseño del quehacer político. Sin embargo, muy a nuestro pesar, la solución
no se limita a un hacer más ético de la administración de la cosa pública.
Ejemplo de esto es, uno de los gobiernos más delincuente, saqueador, asesino y
ladrón que haya conocido la historia de la humanidad fue el imperio romano; y,
sin embargo en el momento en que Nerón se atrevió a quemar Roma o en el cual el
anómalo Calígula nombraba Cónsul de Bitinia a su querido Incitatus, o en el que
los Galos y Británicos era conquistados y humillados, la tierra no corría
peligro de morir. Los ríos estaban libres de los contaminantes que los
convierten en caños surcando sin parar hacia la cloaca. Existía agua potable en
abundancia, los casquetes polares no se derretían al ritmo exagerado en el cual
hoy lo hacen, ni Séneca ni Marco Porcio Catón, en el sueño más delirante podían
prever el calentamiento global o el deshielo de permafrost de la tundra de
Siberia, con la cantidad amenazante de metano esperando salir para explotar el
planeta.
Y bien que hubo pueblos
que sufrieron a causa del cambio climático; a decir de los expertos, el añejo
imperio egipcio sufrió la sequía prolongada del Nilo o los imperios Americanos
precolombinos comprendieron que la tala y la quema indiscriminada es nefasta
para la sobrevivencia. Sin embargo, nuestra singular especie parece que le
cuesta comprender principios básicos de vida y convivencia.
Por lo cual, una
administración política justa con lo natural de la existencia debe tener como
principal prioridad la vida de la casa en conjugación justa con la vida de los habitantes.
Hoy, cuando los caníbales que gobiernan se jactan de niveles máximos de
producción y consumo de energía, de mayor producción de leche y carne (dado el
caso de que las cifras no estén infladas), se debe reflexionar si está
permitido aspirar, y las consecuencias que generarán al medio ambiente, a mayores
niveles de producción de bienes y servicios.
Si el hambre humana y la
degradación ambiental se resolvieran con mayor cantidad educativa; el mundo
fuera hoy el paraíso bíblico; y, Latinoamérica el arcángel custodio del Edén.
Nuestros abuelos, muchos analfabetas declarados y practicantes jamás pudieron
soñar con la cantidad de escuelas primarias secundarias, tecnológicos,
universidades y doctorados que hoy entregan títulos a diestra y siniestra en
Nuestra América, con una cantidad progresiva de nuevas profesiones inventadas
sobre los caprichos de la ciencia y la tecnología. Nunca antes hubo tal
cantidad de ingenieros, periodistas, médicos, abogados, disponibles para el
progreso como hoy; nunca tantos periódicos y revistas, jamás internet, nunca
tanta hambre, tantos niños, hombres y ancianos abandonados mendingando en las
calles, jamás tanta inseguridad, nunca tantos vehículos atestando y
contaminando el ambiente. Señores, la solución no pasa a través del número de
escuelas y licenciados que le temen cual oscura alucinación al señor libro; la
solución es calidad educativa y para ello no hacen faltan tantos
graduandos.
Las cabezas y las almas
de los siete mil millones de habitantes han sido preñadas por la muleta teológica
de “crecer y multiplicaos” o de “usar la tierra en beneficio propio”;
principios de antropocentrismo arrogante y egoísta compartidos por las
religiones de origen semítico. Principios escritos cuando ni siquiera mil
millones habitaban la tierra y lejos, muy lejos estaba la degradación ambiental
actual. Así, de mil se pasó a dos mil, se saltó a cuatro y ya dentro de muy
poco ocho mil millones de almas caminaran sobre este frágil planeta. No escribo
dieciséis mil millones pues seguro estoy que antes detona la humanidad y el
planeta al pasar de los doce mil millones de habitantes. Los recursos finitos
con tasa de recuperación muy estrecha, jamás solventaría el hambre de ese
“crecer y multiplicaos” aplicado hasta el infinito. Hubiera quedado mejor
escrito “sean los que puedan vivir en armonía con los recursos agotables” o
“cuiden la tierra mejor que a sí mismos; pues, amándola se amarían a sí”. Pero,
eso lo escribiría hoy cualquier autor consciente y no quienes vivieron en el
mil doscientos cincuenta antes de Cristo, en el cual se empezó a escribir la
larga y errante ley mosaica.
Mientras una gran
cantidad de personas se han arrojado a las calles en varias ciudades del mundo,
aspirando a empleo y salario justos; mientras los gobernantes mundiales, al ver
sus intereses económicos comprometidos, no se ponen de acuerdo para tomar las
medidas urgentes que permitan detener la degradación ambiental actual; mientras
la cantidad de refugiados aumenta geométricamente en el mundo; cabe preguntarse
si somos muchas las personas que vivimos sobre el planeta. Se dirá que existen
un sinnúmero de métodos contraceptivos no abortivos disponibles, los cuales
ayudan a reducir la cantidad de individuos. Entonces ¿Por qué somos tantos?
Porque a pesar de la existencia de tantos métodos disponibles, los mismos no
son promovidos a nivel que la urgencia los requiere. A pesar de los
preservativos, las pastillas anticonceptivas, las T de cobres, el método del
ritmo; entre otros inventos y descubrimientos que cada día surgen, los niveles
de embarazos en adolescentes son alarmantes en Latinoamérica, siendo Venezuela
el país que lidera la lamentable estadística. Y, niña embarazada es niña que no
estudia, es niña subempleada, es niña mantenida, es familia necesitada, es
comunidad que tiene hambre; hambre de comida, hambre de trabajo, hambre de
educación, sed de cariño, rica en carencias, millonarios de miserias.
Es urgente, es
irremplazable, se hace ineludible, una y miles campañas educativas, que hagan
consciente a los que ya existimos que somos muchos sobre la tierra. Crear el
ordenamiento jurídico apropiado que involucre a todos, para regular de manera
efectiva la cantidad de nacimientos. Si los desgobiernos nos obligan a pagar
impuestos exabruptos e inventados según la cantidad de dinero a robar ¿Por qué
no nos obligan a hacernos responsables de la reproducción? No se trata de
escoger quienes nacerán, al mejor estilo eugenésico; tampoco que sólo se puedan
reproducir determinado tipo de individuos, pues eso sería tan cruel y genocida
como hacernos los tontos, ciegos y sordos ante el problema. Se trata de crear
los mecanismos jurídicos necesarios para que el derecho de los vivos, los
derechos de la tierra priven sobre los que no existen aún.
Uno de
los más grandes majaderos del siglo XX; Martin Heidegger, afirmó que sólo un
Dios podía salvarnos. Tal vez ese Dios sea aceptar que somos muchos sobre la
tierra y tomar las necesarias medidas para que seamos menos. Menos
contaminando, menos produciendo, menos reproduciéndonos, menos tomando de la
tierra lo que no nos pertenece, menos matando animales, menos secando ríos y
mares, menos matando al planeta. Si ha de existir una política justa y
coherente con la dignidad humana, animal y de la tierra, esa política debe
pasar a través del tamiz del decoro y la prudencia de saber que es necesario
ser menos para poder ser mucho más

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