Mil veces repetido hasta el
cansancio: La filosofía es libertad de pensamiento, es el ejercicio de la
capacidad humana del pensamiento. Por lo menos, en mi hogar eran esas las
nociones repetidas. Mas, desde la perspectiva de varias páginas de filosofía
leídas, ni me parece libertad de pensamiento, ni me parece la manera de
ejercitar el pensamiento humano.

En primer lugar, la
capacidad de pensamiento humano es resultado de miles, miles, millones de años
de evolución. No son pocos los días transcurridos entre la aparición de la
primera célula viva hasta la irrupción en la historia del Homo sapiens sapiens.
Fueron, demasiadas circunstancias las que provocaron la aparición de la primera
célula, su organización en seres de mayor complejidad, hasta el surgimiento de
los mamíferos. De ahí la historia de los primates, hasta el surgimiento del
homo; y, los homos, son muchísimos, extinto casi todos. Me pregunto ¿Cuántas
vicisitudes y circunstancias son necesarias para provocar las modificaciones
necesarias para que el hombre surgiera en la historia? Somos los hijos de esas
circunstancias. Fueron ellas las que nos dieron las capacidades que hoy
contamos, entre ellas la capacidad de reflexión: la racionalidad.
Visto así, la racionalidad
es capital general del homo sapiens, haya éste acumulado cientos de títulos
universitarios o ser un iletrado total. Todos, por el mero hecho de ser hombre
somos seres pensantes, seres de reflexión, capaces de pensar su ser y estar en
el mundo. Para ejercer nuestra capacidad no es necesario conocer las categorías
aristotélicas, o los disparates y fábulas platónicas, las divagaciones
cartesianas o la arrogancia y petulancia de Schopenhauer. El pensamiento, lejos
está de ser el exclusivo capital de los filósofos, o de los doctores –como
alguna vez un doctor ignorante titulado en filosofía nos dijo en clases-. El
pensamiento, es lo que me hace humano. Somos humanos por nuestra capacidad de
racionalizar nuestro mundo.
Frente a esto, me sorprende
la soberbia de no pocos filósofos que afirman que la filosofía es así como el
centro y acción de la capacidad reflexiva humana. Me sorprende y asusta tanta
soberbia. Por otro lado en las escuelas de filosofía a lo sumo se estudian no
más de ciento cincuenta autores. Aunque no me he dado la tarea de contarlos,
generosamente otorgo esa cifra. Me pregunto ¿Dónde quedó el pensamiento de las
miles y millones de neuronas y cerebros restantes? O, es que debido a un muy
extraño sortilegio, todo lo que hay que conocer del pensamiento humano se
limita a conocer las citas más prominentes de un grupo pequeño de autores. Por
cierto, la inmensa mayoría europeos. Por supuesto, que resulta imposible
conocer cuáles han sido las preocupaciones de cada cerebro homo sapiens desde
la existencia del primero. Por eso, me parece otro acto de soberbia afirmar que
la filosofía es un conocimiento muy específico. Es conocer lo “pensado”-sacando
las alteraciones de las muchas manos que a través de los años pasó ese
pensamiento- por pocos seres humanos. Estoy convencido que el señor que me
vende las verduras del día cada mañana tiene mucho más que aportar para la
riqueza de mi pensamiento que la jerga incomprensible, agotadora, ególatra,
abstrusa de Nietzsche, Husserl, Heidegger y Sartre.

Los veo, y en ellos no me
quiero reconocer. Veo a los filósofos citando a uno u otro autor, declarando
cada palabra como si fuese verdad absoluta. Eso me aturde. No es filósofo el
que se sepa más citas de Aristóteles o sepa con detalle recitar cada palabra
escrita por Santo Tomás o San Agustín. Filósofos es el que piensa, y no sé si
con tantas citas en la cabeza es posible pensar por sí mismo. Luego de
alimentarse de tantos, tal vez se pierda mucho de sí. Tengo la sospecha que
para pensar no necesito saber las palabras de tan excelsas y seleccionadas
personas.
Me aterra asistir a
conferencias donde quien habla se limita a decir lo que alguien dijo sobre un
tema. Al final, todos aplauden, y la sonrisa se ofrece como recompensa del
trabajo bien hecho. Lo mismo me pasa al leer muchos filósofos. Ante mí se
transfiguran en esos niños malcriados que buscando la aprobación incondicional
del padre, saltan, dan vueltas en el aire, grita, cantan y danzan. Todo, para
que el padre les preste atención y les pase la mano sobre la cabeza en gesto de
aprobación.
Cuando escucho a los
filósofos recitar a pie juntitas las palabras de marx –no se me antoja
otorgarle el respeto de escribir su nombre en mayúscula-, Nietzsche, algún
santo, me da risa y rabia a la vez. No cuestionan, no interrogan, no disienten.
De esta forma, el orador se convierte en el medio a través del cual una persona
me trasmite sus ideas a través del tiempo y el espacio. El supuesto filósofo,
ha reducido su acción a hilo conductor de un mensaje. Atrofiada su capacidad de
pensamiento, se limita a recitar sin fallas las líneas de uno u otro de los
pensadores seleccionados en eso que se les ha antojado en llamar filosofía.
Es aquí, donde afirmo que la
filosofía se convierte en ideología. Cuando el filósofo calla, enmudece, deja de
pensar. Y, atiborrado de las palabra de otros recitan las miles de palabras
aprendidas. No quiero ser ese tipo de filósofos. No quiero ser filósofo.
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