Son pocas las lecturas tan aburridas, famélicas y disparatadas como los diálogos platónicos. De hecho, debido a ser disparates debería gozar del atractivo literario que da el absurdo; mas, dentro de sus tantas carencias, destaca la ausencia de brillantes que el absurdo puede otorgar a un texto. Los diálogos platónicos se parecen a los enlectroencefalogramas lineales en que lo único que se aprecia en ellos es un zumbido persistente y sin variante. Líneas sin vida simulan al cadáver del que se amarra el aparato que lee las ondas cerebrales. “Sí”, “claro”, “por supuesto”, “evidentemente”, son de las palabras que más se repiten en estos escritos, señalan la sumisión que el intelocutor permanentemente muestra ante la “luz del maestro”. Inválidos de personalidad, los interlocutores en Platón se limitan a una afirmación que se sucede sin cesar luego de la afirmación del pensador. Platón, cual Papa contemporáneo se asume como el único dueño y señor de la verdad. Él no está dispues...
Por y para la literatura.