Son pocas las lecturas tan aburridas, famélicas
y disparatadas como los diálogos platónicos. De hecho, debido a ser disparates
debería gozar del atractivo literario que da el absurdo; mas, dentro de sus
tantas carencias, destaca la ausencia de brillantes que el absurdo puede
otorgar a un texto.
Los diálogos platónicos se parecen a los
enlectroencefalogramas lineales en que lo único que se aprecia en ellos es un zumbido
persistente y sin variante. Líneas sin vida simulan al cadáver del que se
amarra el aparato que lee las ondas cerebrales. “Sí”, “claro”, “por supuesto”,
“evidentemente”, son de las palabras que más se repiten en estos escritos,
señalan la sumisión que el intelocutor permanentemente muestra ante la “luz del
maestro”. Inválidos de personalidad, los interlocutores en Platón se limitan a
una afirmación que se sucede sin cesar luego de la afirmación del pensador.
Platón, cual Papa contemporáneo se asume como el
único dueño y señor de la verdad. Él no está dispuesto a matizar su verdad al
contactarla con la conciencia de la otredad. Por el contrario, su luz ilumina
la oscuridad donde el otro vive. Tal vez, toda la prepotencia, soberbia e ira
de las trincheras filosóficas tienen su origen en los diálogos platónicos. Por
lo menos los presocráticos habían tenido la decencia de tolerar la disidencia.
Es ese convencimiento de poseer la verdad el que
me repugna de Platón, y de la mayoría de los filósofos. ¿Qué se creen? Nada
ven, nada pesan, nada miden, asumen que por el poder de “su” reflexión pueden
develar la verdad de lo que está sucediendo. Y ¡Saz! Sacan la teoría cual mago
de circo, y la explicación rimbombante va y desplaza a la razón. Va el pequeño
Dios escribiendo y diciendo sus mentiras. Una sarta de faltos de dioses siguen
y defienden al malcriadito de turno. Y se hace una escuela, más bien una
trinchera. Esta se enfrenta con otra, que afirma lo contrario o parecido a la Proción
de tierra que defienden. Esto da fatiga, la fatiga de la palabra futilidad.
Han pasado más de dos mil años desde que Platón,
llamado por mí Pontón, ha dicho esa sarta de mala explicación y quien lleva dos
semanas cursando filosofía se debe leer por lo pronto cinco diálogos y
aprenderse al dedillo la teoría esa que lo real es lo que está del otro lado
¡Ah sí! Ideático, acordemos en llamarlo idiótico. Y aún preguntan por qué la
filosofía está en crisis. Vamos que se ha atenido a repetir las falacias de los
malcriaditos, son atender a la realidad. Se me pregunta ¿Cuál es la realidad?
Digo, sólo por costumbre, el que sufre hambre y pesar es la realidad. Suena
poético, pero sí: se debe pensar desde el que sufre, no sólo porque en el fondo
si otro sufre nosotros también tenemos la capacidad de sufrir, e indudablemente
sufrimos; no sólo por eso. Sí porque el dolor es una ofensa a la dignidad
contendida en la vida.
Mil niños mueren de hambre, diez mil dejan los estudios,
cien mil debe trabajar; un jornalero no gana para comer, he ahí los verdaderos
problemas ontológicos, éticos y políticos que deben animar el pensamiento, y no
esa torcida pregunta del porque hay nada en lugar de algo. Señores porque sí,
porque me da la perra gana, ¿qué coño me importa esa pregunta?
Si la filosofía tiene futuro. No lo sé. Tal vez
deba ser otra cosa. No sé, se me antoja la ciencia del estudio del dolor humano
y animal, no esa suficiencia de malcriaditos que se pregunta por el espíritu o
la substancia de las estrellas. ¿Hay noúmeno? No me importa, debo a prender a
desaprender y aprehender el dolor del otro, pues ese es mi dolor.
No pierdan el tiempo leyendo los bodrios de
Pontón, hay libros muchísimo mejores, que obligan a pensar. Ahorita en Cinco Esquinas hay un hombre que escribe
cartas que nadie publica para quejarse del periodista que le arruinó la vida,
hay un gato salvado por quien escribe esas cartas. Hay un romance extraño y un
escándalo. Vamos que está mucho mejor que los monólogos rancios del ateniense.
¿Cuál resultado origina leer todos los diálogos
pontónicos? O lo rechazas desde las primeras líneas e impides la tarea de
continuar la lectura; o la terminas, crees a pie juntillas lo que afirma, te
dedicas a repetirlas hasta la saciedad, y mueres en tu pendejada siendo un
pendejo. Una de dos, no hay otra opción.

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