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Mis Pasos con el Elefante


Recientemente leí la novela El Viaje del Elefante de José Saramago. Ahora me dispongo a escribir estas líneas tratando de llevar a palabras lo que sentí al leerlas. Tarea de principio imposible, pues las letras son vehículos de emociones, no las emociones en sí mismas. Por lo cual, jamás nadie sentirá igual a nadie. Quizá mi sensación de amor no es igual que la tuya, porque nos separa nuestras historias de vida. Mas, como los dos somos humanos, creo que hay mucho que aún se puede decir con palabras.

En primer lugar, y siempre he pensado que el final debe decirse al principio, para explicar después. Pues hace mucho que los hombres ya trascendimos la necesidad de historias lineales. Por lo cual, debo afirmar que leyendo las últimas líneas de la novela lloré. Más de cinco lágrimas estoy seguro que boté, además estuve el resto del día triste. Además, el viaje con el elefante me ha seguido desde entonces. No sé si algún día nos separemos, y sea posible a cada quien seguir su propio camino. Por mi parte, me siento muy cómodo junto a tan majestuoso ser.

Nada tengo que agregar sobre la vida y obra de Saramago que en Wikipedia no sea posible encontrar. Que ganó el premio Nobel, que la publicación del Evangelio Según Jesucristo le trajo tantos inconvenientes en su Portugal catolizado hasta el fanatismo, que prefirió vivir el resto de su vida la isla española de Lanzarote. Que era ateo, que fue autodidacta, que su primera novela fue Claraboya y la última Caín. Podemos agregar su agrado hacia la izquierda y su separación de Castro, luego que el dictador cubano asesinara a vario de sus oponentes –cosa que suele hacer-. Todo esto no es más que información insustancial que fácilmente se copia y se pega de google y no necesita mayor talento. Y, digo insustancial porque la grandeza, la verdadera, de Saramago no está en su vida. Hay quienes, muchos, han tenido vida más interesantes; el talento de Saramago radica en sus obras. Desde la primera hasta la última son clases de vida. Con creces trascienden el espacio reducido de la novela para convertirse en lecciones de humanidad.

Las novelas de Saramago nos enseñan humildad, respeto hacia el otro, identificación con el dolor ajeno, necesidad de servir como aliciente del sufrimiento de cualquier ser viviente. Por lo menos, esa es mi sensación general al leerlo. Dista demasiado de lo que siento al leer la biblia; la cual, en suposición debería ser la cimiente de nuestra condición humana.

He tenido la dicha de leer casi todas las obras de Saramago. Pensé, erróneamente, que no era posible para el autor aumentar la locuacidad, inteligencia y calidad humana denotada en sus obras hasta que leí El Viaje del Elefante. Tal vez sea pertinente afirmar que esta novela y yo tenemos una pequeña historia implícita. Desde la fecha que fue publicada, 2008, no fue posible leerla. La veía cada vez que visitaba la librería, me atraía el elefante morado sobre el fondo amarillo; pero, siempre terminé comprando otra obra, alguna que desde hace tiempo estaba seguramente en mi lista de deseos postergados. Siempre que buscaba algo sobre el autor en internet, saltaba ante mis ojos la figura del elefante, dibujándose o desdibujándose –no lo sé- sobre el papel. Si la intención al diseñar la portada fue atraer lectores, conmigo lo encontraron. A tal punto, que el elefante se convirtió en el bien que con más premura quería adquirir. Cuando lo tuve en mis manos, en el refugio del cuarto, me sentí aliviado. Al fin el elefante y yo nos habíamos encontrado. Debido a las hermosas circunstancias que han rodeado mi vida desde el trece de diciembre pasado, y llevan por nombre hijo, no pude iniciar la lectura de la obra el día comprado. Dos o tres semanas dio vuelta la novela, en mi mochila de viaje, sin ser abierta, unos días que visité a cierto familiar cercano. Antes de viajar con el elefante en mi alma, viajó conmigo bajo el brazo. Quizá una parte de mí presentía las tribulaciones y dolores que pasaría con Salomón, que dilaté nuestro encuentro varios días.

Al fin el día esperado llegó. Escapado del mundo y mis responsabilidades, cuatro días de fuga me permitieron leer la obra. En primer lugar, la coherencia con que están escritas las primeras páginas me capturó. El empleo preciso del lenguaje hecho arte me traslado hacia la corte de Juan III de Portugal, en el siglo XVI; pude entrar al salón y a la habitación real. Me sorprendió el orgullo del rey, orgullo que disimulaba sus miedos e inseguridades. Temores que lo obligaban a seguir los caprichos de su esposa Catalina de Austria. Intenté entender el porqué la reina se desprendía de un animal que tanto amaba, al regalárselo, como segundo regalo de bodas a su primo el archiduque Maximiliano de Austria. Aún sigo sin entenderla; pero, sospecho que la explicación sigue por ese tortuosos camino que indica que al ser humano muchas veces nos encanta el sentirse atormentado y triste. Que aunque no exista el motivo, la necesidad hace que surja el dolor, tras la automutilación.

De los corredores reales pasé a conocer a Salomón, el cual yacía sobre su lecho de paja, cubierto de barro hasta debajo de las orejas. Junto a su cornaca –por cierto tuve que buscar en el diccionario el significado de la palabra cornaca; gracias a Saramago ya nunca se me puede olvidar-, en igual estado de abandono. Pronto Salomón iniciaría el viaje que lo trasladaría desde Portugal hasta Austria. Confieso que jamás pensé que el viaje sea terminaría; que el autor dejaría libre al elefante en algún paraje del camino tras la eventual pérdida o muerte de quienes viajaban con él. A pesar de lo que pensé Salomón sí terminó el viaje. Tal vez mostrando mucha más entereza que todos los humanos que lo rodearon.

La soberbia de Maximiliano, cambió el nombre del elefante a Salomón. Cosa que me disgustó bastante, generándome automática antipatía con el soberano de Austria. Buscando en el mapa, descubrí la ubicación de Austria; al hacerlo sospeche, que el autor tenía la intención de pasar a Salomón a través de los Alpes, a través de la misma ruta recorrida por el ambicioso Aníbal y unos cuantos elefantes muchos años antes que a nuestro querido animal le tocara.

En la travesía no fueron pocas las aventuras vividas por Salomón. Entre ellas, tras la argucia y complicidad entre el clero y el cornaca lograron que el paquidermo se arrodillara ante una catedral. Salvó a una niña de ser aplastada bajo su pata, debido a la imprudencia de la menor. Viajó en barco cierto tramo. No es bueno decir todo lo ocurrido por Salomón. Pues, le restaría emoción a quien leerá sus páginas y no deseo faltarle es respeto de esa manera a quien no ha tenido el placer de viajar en el lomo del paquidermo.

¡El final! El final no puedo contarlo. Mas, me permito afirmar que es uno de los giros que demuestran no sólo las capacidades de Saramago, su visión de mundo. El autor nos arroja frente a la cara nuestra situación de indefensión en la vida. Que tras tanto orgullo y vanidad, el destino nos aguarda muchas sorpresas. Quizá mis lágrimas, al leer las últimas líneas se deba a reconocer mi propia situación de indefensión ante la existencia. Ahora que lo escribo y pienso, estoy seguro que sí.

Tengo la sensación de no haber cerrado el libro, de no haberlo completado. Y, que Salomón, venciendo al autor, el tiempo y la distancia que nos separa, las líneas que nos unen, me lleva sobre su lomo visitando lugares que jamás he visitado. Sobre él o junto a él, Salomón me está llevando a descubrirme. Ha empezado a romper el cofre donde me escondía, obligándome a reconocerme. En el libro he escrito algunas líneas para mi hijo. Ojalá el tiempo y el destino, lo lleve igual que yo, a viajar junto a Salomón. Tal vez, ahí, venciendo al tiempo y el espacio, padre, hijo y elefante logremos encontrarnos.

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