Libertad, consumo total, producción sostenida e
ilimitada, progreso continuo: la promesa del dorado en la Modernidad.
Alienación y enajenación: nada más. La gran mentira del progreso es el sueño
que adormece las conciencias en la
ciénaga actual. Miles, millones de babiecas cabeza huecas envilecidos por la
promesa del mar de consumo. Mutilación de todas las mutilaciones.
Si algo es la expresión absoluta de la modernidad es la
barbarie; muerte y desolación. La vida dejó de ser un espacio para vivir desde
que superamos el nivel tóxico de monóxido de carbono en el ambiente. Desde ese
reciente momento ya no salimos del vientre materno hacia la vida; salimos de la
obscuridad para la muerte total, muerte que se completa con el deceso. Y, no
sólo nosotros, los culpables, dejamos de tener derecho a vivir tras asesinar el único espacio que teníamos para
eso; con los excesos de nuestra existencia le robamos el espacio a los millones
de animales que han tenido la suerte de compartir el espacio con el Homo Consumens. Pobres nuestras
víctimas, nosotros, nuestros hijos, los perros, los gatos, los pájaros, los
ríos, los árboles, los insectos. Ellos sufren y sufrirán nuestros errores,
sirviéndonos de almuerzo al mediodía, acariciando nuestros pies cuando tienen
hambre… pobrecitos todos ellos.
Desde la nulidad de los primates que somos, la razón se
ha convertido en la simiente de la barbarie, del asesinato y la muerte. Si nos
hubiéramos atrevidos a sentir la vida, nada de lo que está sucediendo hubiera
ocurridos. Mas, parece que el sentir la vida no es parte del haber del homo que
somos. Desde mucho antes que unos pedófilos griegos se les ocurriera la
brillante idea de inventar la filosofía, ya se habían arrasado pueblos,
devastado ciudades, destruido bosques y lagunas, asesinado madres e hijos, en
nombre de la siempre portentosa razón, de la siempre espantosa razón.
La razón, el culto al logos ha sido, sin duda las bases
de la locura. ¿A quién carajo se le ocurrió que el mundo se piensa? ¡Bastardo!
El mundo se siente, se respira, se corre, se camina, se ama, se odia, se llora,
se anhela, se espera… sentimos el mundo, nos sentimos, desde el umbral del
nacimiento hasta la orilla de la tumba. Ha sido la razón la estructuradora de
la enajenación, de la reglamentación, de la muerte y la desolación.
Si por un momento el hombre se hubiera detenido a sentir
la vida, jamás hubiera asesinado Caín a Abel, nunca una quijada de pobre burro
hubiera inaugurado el río de sangre que corre a través de los dedos del hombre.
Si el ser humano hubiera sentido la vida, nunca se hubiera talado un árbol o
declarado la guerra a un pueblo, lejos hubiera estado un hombre de caer víctima
de un cuchillo, una bala, una bomba. Nunca, nunca, jamás hubiera existido el
capitalismo, el comunismo, el socialismo, el fascismo, y tanta crueldad que
sustenta regímenes de terror. Jamás un Pol
Pot, nunca un Stalin, ni Lenin, ni un Mao, ni Hitler, ni Fidel, ni Chávez,
ni Hussein, ni Bush, tampoco un Fondo Monetario Internacional, nos hubiéramos
ahorrado la existencia del imperio romano y otomano, de la brutalidad de cada
loco de carretera que asegura tener la verdad, tampoco un Banco Mundial, jamás
la inquisición, ni Iglesia Católica, ni evangélico. Todos los hombres y
animales hubieran muerto de muerte natural, de la única digna y segura.
Pero para sentir se necesitan ciertos haberes que el
hombre adolece; se precisa humildad, caridad, solidaridad, capacidad para
acertar la derrota, conciencia de la propia finitud y la imposibilidad de
saberlo todo, de alcanzar el logos, se necesita instinto de amor, amor a la
vida, al parto, a la aurora, al hermano, a la tierra, a la madre, al padre, al
gato, al perro, al hijo, al pájaro, al otro, a sí mismo.
¡A ver! se trata de despertar en la mañana y antes de
levantarse disfrutar de la serenata que ofrecen las aves, de respirar profundo
y sentir el aire entrar en los pulmones, de levantarse serenamente y disponerse
a sentir cada unos de los regalos que ofrece el día; distraerse de belleza y
paz. Pero qué paz y cuál belleza, y cuáles pájaros van a existir en las
ciudades, en los poblados, en las urbes. Las ciudades son centros de muerte, de
barranco y berreos. Muy poco lugares quedan en el mundo para sentir, y los
poquitos que quedan ya están tomados por el aire asesino, ya no son lugares
para vivir, son venenos esperando víctimas.
Sentir la vida ya no es posible dentro de una sociedad
organizada para alienar, para enajenar. Desde que los niños nacen se encuentran
con las miles de reglas que el hogar imponen, aquellos que tienen la suerte de
contar con un hogar; pues muchos deben conformarse con la calles. Los padres,
alienados al fin, sólo pueden sembrar en sus hijos el terror hacia la
autoridad, el pecado que origina el desacato, la sumisión al castigo. El niño
empieza obedeciendo a la madre y al padre por miedo a perder la protección que
éstos les ofrecen. El cuestionamiento al padre precede el castigo de éste y las
lágrimas de la afligida madre. El sólo hecho de dormir hasta tarde o no comerse
la ensalada, el pollo o el cordero, es castigado por un azote, ir a dormir
temprano, quitarle al infante el placer del dibujo o la caricatura. El sólo
levantar levemente la voz precede el castigo cierto. Desde el hogar se forjan
los rebaños que votan, conspiran, se levantan temprano para servir al amo, al
señor, al presidente, al jefe. Mas, ellos, casta de eunucos, jamás sueñan con
ser jefes, presidentes, amos y prelados; pues, no son dueños de sus vidas y
destinos.

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