La
angustia entre la existencia de un ateo por lo menos es más reconfortante que
la sentida por un creyente. Los ateos estamos convencidos que la muerte es el
final de todo sólo para sí. Todo el hacer y el afán se termina definitivamente
al expirar el último aliento la vida continúa, pero sin la presencia de la
persona que se es. Los otros continúan hasta llegada su hora de morir.
Morir
para el ateo significa el final de ser en la existencia. Pero, el ser de sí
mismo. Continuarán pocos días las obras hechas, los hijos dejados. Pero, todo,
todo, al final se encuentra con su final. En mi caso, el desespero está lejos
de tenerme. Feliz estoy con la certeza de mi muerte total y definitiva;
conforme estoy con saber que todo lo que me rodea posee su final. Es
interesante vivir en un mundo que sabemos que a pasos agigantados se
descompone. Bajo esta perspectiva el día se hace muy interesante. Cada día se
convierte en una hermosa aventura irrepetible. Es hermoso vivir sabiendo que pronto
d}se va a morir. Me permito ser más humano, me importa mucho menos el poseer
que el dar. Me gusta vivir en la libertad de ser ateo
Caso
contrario, imagino la angustia en la cual deben vivir los creyentes. Esa debe
ser la mayor de las angustias. Vivir bajo la sombra de un ser superior que te
observa, te vigila, valora cada acto. La amenaza del infierno está presente. Y,
el infierno no es ocasional o por pocos días. Es para siempre. Debe ser
horrible existir pensando que si te masturbas o deseas la mujer del prójimo
arderás en el infierno para siempre.
El
creyente cree que su salvación está comprometida dependiendo del comportamiento
que en vida tiene. Lo malo, en su caso, es no poseer una guía que le diga qué
tan malo o bueno es un acto. Si se levanta después de las once de la mañana
podría pensar que ha cometido el pecado del ocio y por tal motivo el infierno
lo aguarda. Si come algo más de la cuenta porque la cena estaba demasiado
sabrosa, tal vez si segundo plato haga disgustar a dios. Y así, podemos seguir
en enumerar ejemplos hasta completar diez resmas de hojas.
Mientras
tanto, duermo de más, me como el segundo plato, y por supuesto que deseo la
mujer del prójimo. Pero, también disfruto de amor que siento hacia mi esposa, y
cada día me gusta más. Vivo sabiendo que pronto moriré, que ningún infierno me
aguarda, y que el final es el final. Eso me causa alegría. Vivir es hermoso.

Comentarios
Publicar un comentario