El
hombre es un existente que debido a su constitución posee la urgencia de
entender, explicarse y explicar el mundo que lo rodea, realidad que
irreductiblemente forma parte. Ante la incertidumbre, el desconcierto y el asombro, las explicaciones se hacen necesidad
al pretender alcanzar la estabilidad brindada por estas. La necesidad de
justificación deriva de la angustia sentida ante la aparente inestabilidad de
lo acontecido derredor del hombre.
Así, la
razón se perfila como capacidad plausible para generar los esclarecimientos que
generen aliciente ante la angustia. El mito, surge como respuesta inmediata
ante los fenómenos vividos. El mito, como forma de entender y entenderse, posee
la argumentación lógica como asidero del pensamiento. La lluvia no cae por
caer, es la respuesta de la deidad ante el buen comportamiento. Para los
egipcios, la sequía es la consecuencia inmediata del disgusto de los
dioses. Osiris es la diosa de la
fertilidad y la resurrección del Nilo.
El mito es suficiente, como explicación
argumentada, ante la urgencia inmediata de entender la realidad. Y, desde el
amanecer de la cultura occidental quien controla la generación del mito
controla la política y la economía. Los sacerdotes se constituyen en los
indudables representantes del poder social. Thomas Hobbes diría muchos años
después que saber es poder; y, Foucault insistiría en los mecanismos de
estructuración del saber como mecanismos de estructuración de control[1].
Sin embargo,
llega un momento en el cual el mito se hace insuficiente para explicar
satisfactoriamente los fenómenos del mundo. La crisis del mito genera el
momento que lo cancelaran como explicación de validez universal. De la crisis
del mito surge la filosofía como herramienta explicativa de realidad. La
filosofía se perfila con la pretensión de negar el mito sustentándose en la
racionalidad como capacidad destacada.
Sin
embargo, el surgimiento del pensamiento filosófico necesariamente no significa
la cancelación del mito de la dimensión humana. El hombre está
irreductiblemente conformado por mitos. La realidad no sólo se explica a través
de razonamientos que argumenten las sensaciones. ¿Cuánto hay de mito en el
hombre? Tal vez, la respuesta está dada
por otra pregunta: ¿Cuánto hay de hombre en el mito? El mito es concomitante al
existir. ¿Cuántos miedos, alegrías y angustias irracionales habitan en el
hombre? ¿Cuántas explicaciones no racionales determinan las acciones de los
hombres? La cancelación del mito es la cancelación del hombre.
Es
imposible que la dimensión humana sea reducible a razón pura, porque el ser del
hombre está mucho más allá de la razón. Es más, todo intento de reducir al
hombre a un aspecto concreto de su ser es, necesariamente, anulación del
hombre. Porque si existe algo concreto en el hombre, es que éste está
constituido por diversas dimensiones de existencia; por diversas realidades de
ser. Estas realidades se conjugan en un ser no acabado arrojado hacia afuera.
Pretender
analizar al hombre sólo desde la perspectiva biologicista con principios de la
física clásica, es describir un hombre mecánico, dominado por sus instintos;
determinados por sus hormonas, carente de libertad, irresponsable de sus actos.
El ser humano de la biología determinista es una tontería, una superchería sin
voluntad ni posibilidad de libertad. Reducir al hombre a su aspecto espiritual,
es hacerlo un ángel que no se debe al tráfago de la vida diaria, aséptico de
realidades; ilusión y mentira. También, el hombre no es puro intersubjetivismo;
el hombre no es reducible sólo a su relación con el otro. Esto lo convertiría
en un ser sin esencia, impersonal, indeterminado, carente de un yo que sea
capaz de vincularse desde un propio ser a otro ser.
De las
reducciones solo quedan las equivocaciones, la expresión de los errores del
hombre. Tal vez la necesidad de equivocación es lo único que se constata cuando
el hombre es determinando a ser algo; siempre lo que el deseo determine lo que
deba ser. De esta manera, el evolucionismo degeneró en el darwinismo social; la
eugenesia como la locura ex máxima exposición, la negación del otro y el
racismo en fiesta. Bajo la razón de la sinrazón y la negación de la
multiplicidad, el cristianismo degeneró en conservacionismo radical, cimiente
de llamas en el cadalso; negación del otro, mutilación de lo humano. Por lo
cual, quizás la única proscripción correcta de la dimensión humana es todo
fundamentalismo, toda certeza de verdad con aplicación universal.
De esto
deriva: es muy posible que el único valor universal del hombre debe ser la
tolerancia hacia el otro. Tolerancia al ser diferente a la diversidad. Porque
al ser el hombre una realidad múltiple, complejo, inacabada y permanentemente
abierta; posee como único deber la humildad necesaria para tolerar las
diferencias. Porque el ser humano es, por concepción y evidencia, la amalgama
de la diversidad. También, frente al
hombre es fundamental conocer que la realidad humana cambia
constantemente, no es un hecho inmutable; tanto hombres como culturas y pueblos
están en un constante devenir, a decir de Heráclito: “jamás nos bañamos dos
veces en el mismo río”, pues los deseos, constitución, sentimientos, quereres y
aversiones se modifican continuamente.
El
hombre es razón y mito a la vez. Es la coexistencia del amor más puro con el
odio más destructivo. Es respuesta y necesidad. Es un ser que duda ante un
mundo impreciso. Es susceptible de ser coaccionado, pero siempre necesitando
gritar y expresar su derecho y deber de ser libre. El hombre es un ser donde
cohabitan la dimensión corpórea, la dimensión psicológica y la dimensión
intersubjetiva en un todo inacabado, abierto hacia el exterior, en relación
permanente con las certidumbres e incertidumbres que lo contienen.
En el
cuerpo humano se vincula la existencia de las dimensiones humanas en las
tensiones propias de la expresión del ser. El cuerpo es el vehículo de la
existencia que permite que el medio nos penetre y a la vez, concreta la
expresión del ser en el mundo. A través del cuerpo el hombre se abre al mundo,
donde entabla relaciones de lenguaje permanentes.
El
cuerpo, no sólo es el medio a través del cual el ser es penetrado por lo
sucedido en su derredor, y a su vez informa hacia el exterior; a través del
cuerpo el existente se informa sobre sí mismo. El cuerpo materializado, capaz
de expresar y recibir la impresión de lo expresado por otro ser, es capaz de
enterar al ser de lo que acontece en sí. Sin embargo, el cuerpo y sus
posibilidades infinitas de expresión concreta la expresión del ser; resumiendo,
a través del cuerpo el ser existe.
El
ser existe porque expresa hacia afuera y hacia dentro lo que es, se entera a sí
mismo de lo que acontece en sí; y, se realiza, se concreta en la expresión de
sí. Esto sólo es posible a través de la
dimensión existencial del cuerpo. Entendido así, toda forma de expresión de sí
es un medio de existir del ser; aquí, la palabra como instrumento de concreción
del existir se convierte en medio para ser. La palabra es un fenómeno que concreta
el ser, lo expone hacia dentro y hacia fuera. A través del lenguaje el ser se
realiza. Pérez-Estévez señala: La palabra está lejos de
ser un mero signo que identifica objetos; la palabra es el vehículo de las
significaciones. La palabra no traduce un pensamiento anterior, realiza el
pensamiento en el acto de expresión de la palabra. El pensamiento interno se
realiza a través de la palabra. “… El lenguaje y la palabra es la más
específica manera que el hombre tiene de manifestarse; el lenguaje es la expresión
del comercio que tenemos con el mundo; es una manera típicamente humana de
vivir”[2].
Con la finalidad de lograr
el acercamiento cierto entre los existentes, con la posibilidad de integración
de los valores culturales que cada existente contiene, la conversación se
realiza en un tiempo y espacio determinado. La conversación como encuentro
posibilita el diálogo vivo, activo, donde se involucran todas las dimensiones
culturales que contienen los confluyentes. La conversación está lejos de ser la
exposición disecada y cerrada del Yo en un monólogo inactivo
Con la aparición del hombre, el
silencio desaparece en el universo. La sociedad humana es básicamente una
sociedad de seres que se expresan a través de la palabra; el mundo interno y
externo, para el hombre, es organizado a través del lenguaje. El lenguaje, más
allá de ser una característica que nos separa de otros animales, es el
instrumento a través del cual, el hombre se hace como realidad, se inserta como
existente dentro de la realidad estructurada que lo contiene. Así, “El mundo
nos habla y nosotros respondemos a ese llamado del mundo y de las cosas con el
lenguaje. Nosotros expresamos en palabras nuestro diálogo con el mundo. El ser
mostrador y decidor del universo, el ser la voz del mundo es tan esencial al
hombre que es eso precisamente lo que le hace ser tal.[3]
Los seres humanos están
irremediablemente “eyectados” hacia el entorno que los rodea, está en
permanente contacto con las realidades que lo contiene; existe en un tiempo y
espacio determinado. “Antes de ser sujetos psíquicos, somos sujetos
sociológicos”[4]Nuestra
realidad más que una realidad individual es una realidad sociológica; así,
individualmente sea percibida de manera diferente.
Por lo cual, es tal la importancia
del lenguaje para el hombre, que toda la manera de existir, de
interrelacionarse, de ser, está basado en la manera en la cual el lenguaje se
expresa, se manifiesta, existe. El hombre no es más que su expresión. Por
tanto, la manera en la cual estructura su lenguaje es la manera en la cual se
estructura a sí mismo. Estructurar una forma de relacionarse con el mundo es
estructurar una forma de existir. El diálogo, entendido como manera a través
del cual el hombre estructura su relación, es de importancia para el hecho de ser
hombre. Pretender cambiar aspectos sociales, necesariamente tiene que pasar a
través del tamiz de la estructuración del lenguaje.
El
lenguaje como medio de la expresión humana, tiene la capacidad se servir de
herramienta idónea para concretar los encuentros necesarios para estructurar
múltiples formas de convivencias, orientadas al buen vivir. Entendiendo al buen
vivir como medio de existir cónsono con la dignidad humana. No relacionado a
bienes materiales, íntimamente ligada a la existencia de la justicia en las
praxis políticas. Es por esto, que el derecho, como medio modelador de la
expresión legar, se constituye en garante del Estado no hegemónico, no opresor
de las realidades humanas, medio para la libertad del ser y estar.
La comunicación, en especial el
diálogo con el Otro, se plantea así como un problema ético y político dentro de
las prácticas de socialización y reconocimiento de las identidades humanas. Es
necesaria una praxis comunicativa diferente a la empleada entre las culturas
subsumidas y la cultura dominante; una práctica comunicativa que no sólo genere
la transformación de la racionalidad, librar al hombre de las estructuras
alienantes, sino crear espacios comunes entre las diversas culturas, espacios
determinados por las diferencias e integración de los valores culturales.


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