Siempre
he creído y dicho que las explicaciones hechas por los maestros de la sospecha
se tratan de grandilocuentes metarrelatos, fáciles de asumir porque al hacer las
abstracciones por ellas requeridas, todo termina encajando. Pero, al ser las elucidaciones
pasadas a través del tamiz de la abstracción prefigurada, carecen de veracidad.
Vamos, que si andamos por la vida interpretando todo lo acontecido a través del
lente de la teoría del libido, en todas partes vemos las tensiones del niño que
ama a la madre y rivaliza con el padre. Que si un cuadro es bello es porque el
artista ha logrado sublimar eficientemente su deseo hacia la madre, que si unos
trabajadores toman una empresa es porque la masa se está rebelando al padre
castigador y suplantando su lugar como tótem tribal. O, en otro caso, reivindicamos
la producción artística en la medida que muestra las luchas de clases; también,
podemos dilucidar la sublevación trabajadora como el inevitable progreso de la
historia hacia la democratización de los medios de producción. Me falta una
interpretación ¡Ha sí claro! ¡La de Nietzsche! Bueno, Entre nihilismo, eterno
retorno y el replanteamiento de los valores, incluimos a Nietzsche como pensador
de la sospecha en la medida que se enfrenta a la tradición filosófica y a la
modernidad; pero difiere de los otros dos, al no querer reducir todo lo
acontecido a una única y exclusiva estructura de interpretación.
Que
las estructuras interpretativas de los de la sospecha sean prescindible aún lo
creo y al exponer a Marx o Freud suelo decir: “Saben, se trata de explicaciones
reduccionistas, no de verdades absolutas”. Y junto a esto, suelo afirmar: “La
única forma que una sociedad progrese, que tenga felicidad y armonía, es sólo a
través del ejercicio de la libre empresa; no hay otra forma”. Que frente a
Freud, Marx y Nietzsche, sin ser embestido con sus laureles, ni pretender
serlo, soy yo el dueño de la verdad: ¡Qué viva la libre empresa, los derechos
individuales y la democracia” Y jamás, nunca me había cuestionado mi explicación;
pues, seguro estaba que mi visión respondía a una elucidación verídica de la
realidad. No me daba cuenta que lo que asumía como cierto, no se trataba más
que otro sofisma; lo que es igual: estaba equivocado.
Pero
¿Cómo vas a decir eso? ¿Cómo que el ejercicio libre empresarial no va a dar
prosperidad y felicidad? Insiste mi superyó. ¡Qué no! ¡Que ya te dije! Vamos
que el discursito ese de la libertad empresarial como dadora de paz, felicidad
y progreso es otro mito. Que con el cuentico de los derechos comerciales
también se nos están montando las dictaduras.
Los
regímenes totalitarios son los principales promulgadores de las libertades, en
todas la palabra democracia se repiten sin cesar. En medio de tantas palabras
la única libertad que reina es la libertad a oprimir, encarcelar y matar y la
única democracia que impera es la voz del partido que traduce las conveniencias
económicas de la cúpula. Jamás en la historia se defendió la libertad y
democracia como en el siglo XX, nunca antes tantas dictaduras. La palabra
libertad enrejó los campos de exterminio, la noción de democracia amasó las
fortunas de los genocidas.
Desde
que Tales casi cae a una zanja, los filósofos se han dado a la tarea de reducir
el mundo a sus interpretaciones. Cada uno se presenta como el administrador de
la verdad. Que si todo es agua, fuego, que si el amor y el odio unen o separan,
que si somos políticos, libres, vivimos en el mejor o en el peor de los mundos.
Que a todos les va dando la maña de que sus disquisiciones sean la cúspide de
la verdad. Y escriben, hablan, gritan, chillan en defensa de sus conceptos.
¿Y Si
la realidad no es reducible a una o un puñado de interpretaciones? ¿Si no
explicación plausible de lo que está aconteciendo, asumiendo que algo acontece?
Ante mis mitos me pregunto: ¿Pero cómo va a ser la libertad empresarial el
cenit de la verdad, si apenas llega el primero de diciembre los comerciantes
ponen al doble todo lo vendido con el único propósito de apropiarse de los
aguinaldos del otro? Ya verás cómo en enero, como cada año, reducen la
mercancía a casi la mitad de lo que valía el mes anterior. ¡Claro, como ya se
tomaron el aguinaldo y el bono del fin de año del otro, los pollos, la carne,
la harina y las pasas ya pueden valer menos! Me dicen: “Fíjate lo mal que
andamos, ya un kilo de pollo vale tanto, ha aumentado el doble los últimos
quince días” Interrogo: ¿Qué hay diferente en estos últimos días? Respondo: Sí,
estamos en diciembre.
Entonces
me veo obligado a una afirmación. No podemos confiar ciegamente en la libertad
empresarial como otorgadora de estabilidad y progreso; pues el otro cuando
tiene la oportunidad toma lo tuyo. Como diría el tan mencionado Hobbes: Homo homini lupus. De lo cual deriva
otra aseveración: entonces nuestras crisis sociales atañe a una crisis ética.
Voy descubriendo que la ética se hace ante mis ojos como disciplina de más
importancia que la ontología o la estética. Mejor dicho descubro en la ética
una nueva ontología, política, cosmología y estética; una nueva ciencia.
Empiezo
a saber que reconocer mi dolor como valor compartido con otro va venciendo las
barreras de interpretaciones sesgadas. Que ya no importa si todo está hecho de
agua o fuego; si estamos en el mejor o peor de los mundos vividos, si el hijo
rivaliza el amor de la madre con el padre o si los medios de producción deben pertenecer
al proletario o si el mercado es la vara mágica que resuelve todos los problemas
sociales. Es la mirada del otro quien no sólo me grita que no lo mate, sino que
mi única posibilidad de ser está en esa mirada. Me hago junto y con el otro.
Así sé que el comerciante que vende a precio de oro los pañales le roba el
derecho a ser padres a todos, quien vende a precio de plata la harina nos está
condenando a la aridez. Y él, quien cobra, cree ganar al ver las monedas en sus
manos, las mismas que serán robadas por otro cuando compre lo requerido. Así
todos estamos habitando una realidad cada vez más yerma.
Y
aunque el hurto pase una y mil veces, dando la razón a quien dijo que somos el
lobo del otro. No deja de ser cierto que si somos lobos, también somos
corderos. Y entre lobos y corderos sólo descubrimos que nos salvamos o morimos
juntos.
Ahora
se abre paso otra pregunta: ¿La reflexión ética basada en la mirada de la
otredad no es otra reducción absurda de la realidad, un nuevo sofisma? La
respuesta es: No, y de eso sí estoy seguro. Cuando en el momento que escribo
está una niña de tres meses entubada porque los padres no quisieron o no
pudieron comprarle leche de fórmula y en su lugar le dieron leche completa,
debido a eso está intoxicada; y no sé si ha muerto. Entiendo y sé que nuestra
única interpretación de la realidad está ahí, en los que sufren; porque si hay
algo que compartimos es la capacidad de sufrir. Sé que hay niños que mueren por
falta de un desparasitante; y ese niño puede ser el mío o puedo ser yo. Ahí
está la única interpretación válida.
Va
siendo la hora de cancelar el agua, el fuego, la teoría del libido o la lucha
de clases como arjé. Que la razón suficiente es la dignidad que los seres vivos
compartimos. Y no se trata de sermón dominical, se trata de realidad. La mirada
representa el final de los mitos, nuestro único logos.


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