Llevo varios días pensando
en escribir estas líneas, explicar o explicarme quién es Onetti me resulta, por
alguna extraña razón, necesario. He leído varios cuentos de él, he visto la
única entrevista que de él está publicada en youtube. Concluyo solemnemente que
nada sobre él y nada puedo saber.
Saber de alguien que según
la wiki nació en 1909 y murió en 1994, participó y ganó un montón de concursos
literarios, que era hijo de tal o cual persona, era uruguayo, tuvo dos hijos
con tal y cual nombre, es saber absolutamente nada, pero nada de alguien.
Descubro, y no por capricho, sí por el peso de los hechos, que la biografía es
una mitología más. Nada podemos saber de alguien que ni la mano hemos
estrechado. Exceptuando los datos doxográficos, una entrevista, fotos y cuentos
que leo en internet, nada sé sobre Onetti.
La biografía es un
imposible. Nos limitamos a repetir lo que todos pueden encontrar, de ahí nos deslizamos
al ejercicio de la reflexión, de mezclar nuestra vida con lo leído, esgrimiendo
conclusiones: Mentimos. Así, hacer la biografía de Napoleón, Alejandro, o
Cristo –mucho más de Cristo- resulta un ejercicio de aprender a mentir a otros
y mentirse así. La biografía es un género imposible; sé que leí eso de Fernando
Vallejo, él que se ha lucido con tres biografías de escritores colombianos.
Tres ingeniosas mentiras.
Pero qué se puede saber de
un señor que no se conoce, no he tenido una conversación con él, no sé si prefiere
el color azul –como es el caso de mi hijo, que por lo menos compartimos amor,
alguna información genética y varios días a la semana juntos-, si prefería el
café fuerte y ligero. Pues nada sé. Pero como estas líneas lejos están de
poseer la intención de convertirse en un ensayo que discuta sobre la posibilidad
de la biografía. Descubro que de lo que sí nos es dado hablar es sobre la sensación
que se experimenta al leer un autor.
El interés sobre el autor
inició al escuchar entrevistas realizadas a mis escritores amados, Fuentes,
Cortázar, Vargas llosa, Rulfo; todos reconocen a Onetti como maestro y
precursor. No sé, se me antoja que iban a nombrar a Kafka, Dostoievski o a
Tolstoi. No. Nombran a un señor totalmente desconocido para mí. Claro, tengo
muchos desconocidos al poseer una cultura muy limitada. En consecuencia, se me
da por buscar obras del tan nombrado escritor. Y, a la última hora del día,
cuando le robo minutos a la madrugada para leer una que otra línea, me deslizo
por las palabras del escritor a conocer.
Entonces descubro la
sensación que deja Onetti en mí, la lectura de los seis o siete cuentos que me
fueron dados adquirir. Con cierto desgano comienzo a leerlo, pensé que luego de
leer a Borges o Cortázar, había perdido la capacidad de impresionarme con
palabras nuevas. Descubro la razón por la cual mis preferidos concuerdan en que
Onetti es un maestro.
Muy lejos está el escritor
de interrumpir la historia para dar sus conclusiones éticas o metafísicas. No.
No es Sartre o Cortázar. Sus narraciones se suceden como los días, uno tras
otro, sin dar lecciones con palabras, apuntes y repetición, a manera de
profesor de escuela. No. El todo del cuento es la gran reflexión. El espacio donde
se encuentran el alma del autor con el lector. Y siguen las palabras golpeándonos
el cerebro durante días. Una y otra vez. Una y otra vez. ¿En realidad escribió
eso? Y volvemos a leer ¿Qué quiso decir? Y se inicia la lectura de nuevo.
Vargas Llosa dijo que era
pesimista, que sus personajes estaban lejos de realizar acciones moralmente plausibles.
Hay un niño que mata a una anciana para robarle el contenido de una alcancía,
hay un boxeador que sabiéndose derrotado, emplea la fuerza para matar a su
oponente en la primera movida del primer round; ocurre el fracaso moral y económico
de quien se creía dueño de un porvenir exitoso. Hay ríos, esquinas, hay gritos,
ansiedades, esperanzas interrumpidas: Dolor.
No hay realismo mágico en el
autor, el tiempo y las acciones siguen la continuidad y la lógica de un día
cualquiera. Nadie es enterrado sentado sobre la mecedora que siempre usó, no
hay un hilo de sangre que cruza una calle para buscar a la madre del difunto,
no hay peces de oro, ni osos viviendo en tuberías de drenaje. Nada de eso. Sin
embargo, los que aparecen en los manuales escolares de literatura contemporánea,
como representantes de la vanguardia, insisten en tenerlo como maestro. Intriga.
Hay algo en Onetti que lo
hace apreciable. Sé qué es. Tiene el terco empeño en enfrentarnos con nuestras
limitantes y dificultades. No es un autor que prometa futuros deslumbrantes y resplandecientes.
Se descubre el interés por obligarnos a aceptar que los peligros son parte de
las victorias de la vida. Que el gran triunfo está en caer y continuar, desde
abajo o levantado, lo que importa es continuar. Echarse el siguiente trago,
colocar el próximo disco en la rocola, viendo cómo se van los sueños, la mujer,
el hijo, lo prometido. Hay algo en Onetti que obliga a lavarse la cara luego de
la derrota. Acostarse llorando, en la mañana seguir llorando, pero seguir,
alegre por estar; por saber que ese estar también se está yendo junto a
nuestros sueños. Lejos está esto de ser pesimismo, se equivocan Vargas Llosa y
wiki, esto es nacer y crecer. Se lee al viejo solitario para continuar. Él estuvo
tecleando en la metálica máquina, yo estoy presionando la pantalla de una tabla.
Años, vidas y lugares nos separan. Quizá nos aproxima el gusto por el humo del
cigarrillo, el café y cómo se doblan las palabras. No sé cuál era su color
favorito, pero sé que mañana cuando amanezca o antes o después, debo continuar
¡Ya sé cuál es el material del que están hechos los maestros!
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