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Sobre Sócrates, los Socates y mi Tontera Atávica

Sobre Sócrates escuché la primera vez en una clase de psicología en el cuarto año de bachillerato. Un profesor muy prepotente me hizo saber los nombres de los principales filósofos griegos. El tiempo, que se encarga de descubrir cada mentira, me enseñó que lejos estaban ese pequeño grupo de filósofos nombrados de ser los esenciales; que en casi todas las ocasiones lo realmente importante se oculta tras la pomposidad de muchas luces de farol. Que los nombres que la historia nos da a conocer suelen corresponder al interés egoístas de quien la escribe. Tal vez por eso, la historia es una disciplina siempre fallida.

Era muy extraño estar concluyendo el bachillerato en ciencias y que vinieran a dictar una materia llamada psicología, pensé que ese tema sólo les concernía a los otros, a los extraños que se dedicaban a las humanidades. Con el tiempo, repito: se encarga de borrar las mentiras; descubrí que el tonto era yo, haciendo un bachillerato en ciencias sólo porque era la opción que mi liceo daba, porque mi padre decía que para tener “oportunidades en la vida” –cada día detesto más esa proximidad de palabras- había que hacer el bachillerato en ciencias. Han pasado muchísimos años, muchos más de los que he querido; y, aún anhelo haber realizado mis estudios en humanidades. Mi esposa, que sí hizo lo que quería, me comenta que me perdí latín, francés, historia filosófica, y de otras maravillas más.

Ha pasado todo el tiempo del mundo y cómo me gustaría haber mandado a la ciencia a la mierda, incluyendo a mi padre. Detesto las matemáticas, la física, el inglés, la química -sobre todo la inorgánica, la de las malditas fórmulas en la pizarra-; sólo escuchar la palabra “trigonometría” me causa fatiga. No sé si se debe a mi histórica debilidad gástrica o al abuso de tonterías que he creído; creo que a ambas.

De todos los personajes que conocí en bachillerato, incluyendo los que me daban en formación religiosa –estudié con los Hermanos Maristas-, Sócrates logró capar toda, pero toda mi atención. Se me hacía así como otro Jesús, pero filósofo; por lo cual, hijo de hombres. Me pareció extraño que el supuesto padre de la psicología, de la filosofía, de un montón de cosas más, jamás nada escribió. Descubrí que hubo filosofía antes que él, que los llamados presocráticos tienen mucha más fuerza y vitalidad que Aristóteles o el mismo Plato Grande.

Descubrí que fue su alumno Platón, quien redactó lo que su maestro afirmaba. Cierro los ojos y me gusta imaginar que el Sócrates físico jamás existió, que fue el mejor y principal personaje literario del mal escritor llamado “El Plato Grande”, porque ¿Qué otra cosa es un Platón sino un plato de grandes dimensiones? Sócrates como personaje principal quedaría poético, algo así como imaginar que Alonso Quijano se inventa un personaje llamado Cervantes y al tomar la pluma narra las venturas y desventuras de su antiquijote. Me quedo mil veces más con Quijano que con el Mocho de Lepanto, por lo menos Alonso tiene la dignidad de hijoputear a cuanto malo se le atraviesa. Ojalá Aristófanes no hubiese escrito también sobre Sócrates, así hubiera más basamento para dudar de la vida física del ateniense.

Creo que he leído casi todos los escritos platónicos donde aparece Sócrates, si ha de faltarme alguno, deben ser muy pocos. Me he divertido mucho con sus ocurrencias, con sus reflexiones sobre el amor, la amistad, la inmortalidad del alma. Me he peleado con él, me he reconciliado, me ha obligado a pensar. Por eso me gusta cada día más.

Vuelvo a cerrar los ojos, me lo imagino sucio, harapiento, gordo –muy gordo-, barbudo, nariz chata, frente amplia. Si los retratos y bustos corresponden a un personaje real, creo que mi imaginación se aproxima a la realidad. Me gusta el personaje, es mi favorito. Se me hace simplón, medio tonto, lento de palabra y andar, despreocupado, pero certero. Tal vez quiero soñarme ser Sócrates, pero mis horas de sueño, de todas las felicidades que me han regalado jamás me han permitido ser Sócrates y mandar a la mierda a mis captores y verdugos; y al arrogante de Platón de paso, ponerlo de patitas en la calle y no volverlo a ver. Platón como personaje de Sócrates es demasiado santurrón para mi gusto.  

Sócrates, debido a esas raras ironías que suele vestirse la vida, el peor de todos tus alumnos fue tu redactor y paladín de tus ideas. Ve a Plato grande, bien vestido, pulcro, a la línea, no dice groserías, zalamero, odia a muerte a todo el que piensa diferente a él; y pa colmo rico. Eso no es un filósofo, es un burócrata, ingeniero, médico o un chavista enchufado. Creo que todo filósofo que se respete del epíteto que emplea para designarse, en cierta manera debe parecerse a ti.

Fíjate que Tale, quien sabemos que te precedió, pensando en pendejeras estelares cayó en una zanja. Descartes, obligado a cumplir clases de madrugada a una caprichosa princesa sueca, agarró una pulmonía que le restó años de vida. Baruch Spinoza, debido a la testarudez de decirle a la gente lo que no desea escuchar, fue excomulgado de cuanta religión existe y en el edicto de los judíos se leen las palabras “maldito” y “perro”. Kant, el sabio de Königsberg, debido a su renuencia a dedicarse a negocios lucrativos, debía vivir midiendo el gasto preciso de cada centavo. Incluyendo a Nietzsche, el cual no es muy bien que me caiga y le caigas, tenía tu manía de caminar todo el día; contrario a ti, huía de los mercados, le agradaba mucho más el campo. Hasta yo, que a filósofo no llego; con mucho esfuerzo sólo llego a lector, tengo de ti la pendejera patológica, soy un pendejo pero perdido en el sentido amplio de la palabra. Claro, es preciso incluir mi descuido incurable con la higiene personal, pero ese defecto me viene directo por vía paterna, y como todo mal genético es incurable.

Se me reprochará que Hume y François-Marie Arouet, por sí mismo llamado: “Revoltoso” –Voltaire- eran ricos, y muy ricos. Otro rico: Francis Bacon, el filósofo no el pintor –que también murió rico perro borracho de licor y sexo- enterrando un pollo en el hielo con el fin de estudiar la relación del frío y la descomposición de la carne, agarró otra neumonía, llevándoselo pronto la pelona para seguir con experimentación de la temperatura, pero esta vez no con el frío, sí con el fuego del infierno y su propio cuerpo. Pero sospecho que el fuego que encerraban las almas de estos amantes de la sabiduría adinerados, le hacían vivir los mismos tormentos de desvelo de nuestro filósofo ateniense.

Es que cada filósofo o lector de filosofía es un bicho raro; raro como tú. En vez de comprar un iPhone de 16 GB adquiere libros, en lugar de llenar la nevera de cerveza, se llena el estante del alma de libros. En lugar de prodigar para sí el buen sueño, se desvela pensando el por qué hay ser en lugar de nada. Y, sus mejores amigos suelen ser una cuerdita de difuntos que gastaron sus horas escribiendo en cuadernitos roídos por la pobreza y la necesidad. Pero, asombrados por la pobreza en el alma de los otros y la necesidad de paz en el propio espíritu. Es que la filosofía no está reñida con la abundancia material, pero sí está seriamente disgustada con los placeres que generan las pasiones. Nada, que para estar borracho de  Jack Daniel's es preferible estar ebrio de ideas.

Sí, asumamos que todo lo escrito por Platón sea cierto –el cual siempre se me ha hecho por capricho, un ser muy arrogante, imagino que por su inverosímil enfrentamiento entre él y otro al cual aprecio mucho que es Diógenes de Sinope, bien llamado “El Perro”- si algo hay de interesante en la vida de Sócrates es su muerte, si hay algo de lo cual valga la pena pensar es sobre su actitud hacia la muerte. Lo demás es desechable, que si se dejaba someter por su esposa, que si no llevaba dinero a su casa, que si no se dejó seducir por un alumno, porque ese día andaba bajo de libido; que si hablaba como guaro con el primer pendejete que se encontraba en la calle; como dirían los españoles: “me suda la polla”. Esos detalles no pasan de ser cuento de viejas chismosas de Pomona o los Haticos. Lo realmente importante en Sócrates es su actitud ante la muerte.

El problema que se me plantea al leer sobre el juicio y muerte de Sócrates, es si debemos hacer lo que nos manda nuestro corazón o lo que la ley nos dice. Nada, la ley siempre es la voz del otro reglamentada, que si debes ser buen padre y marido, que si debes levantarte temprano e ir a trabajar, vestir de cierta manera en determinadas ocasiones. La ley es la voz del otro que se nos impone, casi generalmente voz injusta y soberbia. Y a toda imposición se enfrenta mi deseo. A reducidas cuentas se trata de vivir como otros esperan que vivas o hacer lo que se te venga en real gana.

Que no se trata de ir de cabeza dura diciéndole que No a todo lo que nos dicen, sugieren, aconsejan u ordenan. Eso no es filosofía, eso es ser un bocazas. Se trata de darle un parao en seco a todo aquel que le venga a uno a mangonear, a sonsacar y aprovechar, decir No es una de las artes de la filosofía. Aprender a decir No es tal vez la primera lección de los filósofos. Es conocer que ante todo se tiene el derecho inalienable de ser lo que uno piensa y siente, de decir y escribir lo que a bien se tenga. Es aprender que sobre el placer del otro está el bienestar del Yo. Y, si se ha de dar de uno que sea en justa retribución. No es loable cambiar la vida por la felicidad del otro. Y tú, mi querido amigo, te tragaste la cicuta para complacer los caprichos y vanidades de tus captores; los cuales refugiaron su crapulencia y envidia bajo el imperio de la ley.

Resulta que estoy convencido que Sócrates deseaba vivir. Nada, porque si de deseo de morir se trata no hubiese esperado el juicio para dejar de existir. No se podía pegar un tiro, aún no se habían inventado los revólveres, pero bien que hacía mucho tiempo atrás hubiera ejercido el derecho a matarse, con soga, veneno, tirándose por un hueco. Así, que Sócrates se toma la cicuta, no porque desee morir, se la toma por pendejo, por seguir a ciegas lo que el otro, la sociedad le impone. Imagino a Sócrates tomando la cicuta y yo graduándome en veterinaria, la misma torpeza, el mismo sacrificio, igual nadedad: cosas absurdas que suelen pasar. Por lo menos yo me dejé de eso el mismo día en que me gradué.

Sócrates debió huir como sus discípulos, menos torpe que él, habían organizado. Debió mandar a la porra a sus captores, fiscales, el juicio, y a la mierda toda voz que te impida vivir. Escapar hacia la nueva ciudad, buscarse una mujer u hombre –en gusto sexuales no es lícito opinar, cada quien es libre de hacerlo con quien quiera: hombre, mujer, vaca, cabra, yegua; eso sí, con niños no, esos ni siquiera toman decisiones por sí mismos- menos problemáticos y vivir. Pero no, el tontazo se zampó el veneno y quedó listo pa la parrilla en segundos. Tonto, mil veces tonto y estúpido. ¡Qué sirvió de ejemplo a la humanidad! ¡Que nos brindó un ejercicio del buen vivir y morir! A la mierda, de nada sirvió. Seguramente cuando Calígula mataba pensaba en Sócrates. Es segurísimo que Stalin era socrático, o Mao, tal vez Fidel ¡Claro que no! Los asesinos, criminales, ladrones, estafadores, siguen haciendo de las suyas, como siempre, hasta el final del planeta lo seguirán haciendo, y el pendejo de Sócrates se prohibió el placer de burlarse de sus captores y vivir algún tiempo más. No vio las flores que nacieron el día siguiente a su muerte, mientras sus asesinos sí. ¡Tonto!

Pienso en Sócrates y veo el sócate que sostiene el bombillo de mi cuarto. Es muy probable que el electricista que se le dio en gana ponerle ese nombre extraño donde se sostienen los bombillos haya tenido estudios avanzados en filosofía, y que por la omisión de un acento y una letra, llevó el nombre del ateniense a la tarea de sostener la luz. Sócrates da luz, indudablemente, es esencial para el brillar que nos brinda la filosofía. El problema con los socates es que se queman, sobre todo si son chinos y de plástico negro, los sustituimos, los tiramos a la basura, y ni siquiera nos damos cuenta que hemos pagado con mal el bien que durante algún tiempo el artefacto nos brindó. La omisión de tipo freudiana de nombrar “socate” a quien nos ilumina y desechamos sin más, es la similitud más idónea entre el comportamiento del filósofo que nos ocupa y lo que la humanidad ha hecho con su sacrificio.

Sócrates ¿Por qué bebiste la cicuta? ¿Por qué no huiste? No lo sé, fuiste tonto pero en grado máximo. Hubieras escapado de la atolondrada y burra de Jantipa, de tus opresores, del mal que estabas recibiendo por tu manía de decirles a las personas la verdad en su cara. No estabas preparado para Atenas, para Grecia, para occidente, para oriente, para la humanidad. No le hagas más caso a quien te ordena algo, es una tontería, ellos siempre piden, exigen, anhelan, pero jamás dan, nunca dan si no media un favor a cambio. Deja de ser tonto, trataré de hacer lo mismo, aunque ya sé que mi torpeza es ontológica, tal vez la tuya sea menos atávica que la mía.  

Sócrates, olvidé el nombre del profesor que me hizo saber de ti, ya no recuerdo la dirección de donde está ubicado el liceo donde estudié. Tengo la suerte de desmemoriar casi todo lo que leo y vivo, pero de ti no me olvido. Te veo torpe, tonto, pero el más noble e inteligente de todos los ingenuos. En otro planeta, en otra vida, donde los buenos ganen, seas tú el signo de la vida y no la maldad, la envidia, crueldad, la ambición y el odio que a los otros mortales nos caracteriza. Tal vez en ese rincón de otra vida sea Sócrates el nombre que se le da al sol.


Comentarios

  1. Me alegro que al final te licenciaras en Filosofía. Buen artículo, comparto tu fascinación por el tábano de Atenas. 😊

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