Los sofistas carecieron de un cuerpo
doctrinal único, compartido. Carecían de una escuela central que dictaminara y
regulara las doctrinas y posturas. Los sofistas, más que compartir doctrinas,
compartían una postura; la nueva forma de pensar, de hacer filosofía. Errantes
a través del territorio griego, maestros a sueldo, conocedores de la filosofía,
validaban la propia forma de pensar aleados de doctrinas cerradas y terminadas.
Con diversas figuras relevantes de gran importancia, careciendo de maestro
único, se oponen abiertamente a la forma de hacer filosofía tradicional.
No es de extrañar que ante las
características antes citadas, carecieran de un cuerpo teórico único, y sus
detractores señalaran la disparidad entre sus preceptos. Los sofistas tuvieron
la desgracia de tener un rival con demasiada influencia como Platón, y que el
término sofista se empleara como modo de disminuir al rival ante los ojos del
público. Sin embargo, ante los inconvenientes, es necesario destacar el aporte
de los sofistas a la filosofía; sacaron al pensamiento de las escuelas, es un
intento por arrancar la sacralización a los filósofos, trayéndolos a la calle,
a la realidad humana, hacia la discusión, hacia el cuestionar.
La filosofía hecha desde el debate es un
diferente al pensar desde la infalibilidad de maestros reverenciados. En el
debate, el pensamiento se enriquece con las posturas alternas, en discusión. El
filósofo que no soporte el disenso, quizás no sea filósofo. La figura del
sofista contribuye en gran medida a comenzar a hacer una filosofía desde la
praxis humana, alejándose de los extravíos teóricos de los salones. Tal vez,
esto abrirá las puertas para que sea posible el surgimiento de la manera de
hacer filosofía de Sócrates, irónicamente admirado por Platón; y, una de las
mayores contribuciones filosóficas del mundo griego, como lo es la ética.
Pensar desde la vivencia humana, desde el
debate, desde el cuestionamiento, vuelca la manera de pensar. Las
preocupaciones dejan de ser el Arjé, la sustancia o razón del cosmos; las inquietudes
comienzan a ser más humanas, mucho más terrenas. Impulsando el giro copernicano
de la filosofía griega, el hombre comienza a hacer el Arjé del universo.
Los detractores de los sofistas, les criticaban el hecho de cobrar por sus
clases. Esto, está lejos de ser un mero dato, una anécdota. Es, invariablemente,
el quid del asunto filosófico; tal vez, lo que puede representar dignamente la
crisis social y de pensamiento vivida. La sociedad tradicional griega al ser
una sociedad eminentemente aristócrata, concibe al hombre como una abstracción
de la realidad del mundo. Así, el trabajo digno no puede ser mediado a través
del dinero. Pues, el dinero como modo y medio se relaciona con el trabajo del
hombre no aristócrata. Cobrar, es síntoma inequívoco de degradar el hacer
filosófico al mundo concreto, alejándolo de las realidades superiores.
En tal
sentido, el hecho de cobrar las clases de filosofía, coloca al filósofo en una
nueva posición, en la posición de aquel que es capaz de vivir gracias a su
hacer en el mundo, y no por merecer el vivir debido a poseer una esencia
superior a la de los otros mortales. Esto, no sólo hace de la filosofía una
profesión; también, representa una desacralización del pensamiento humano. El
filósofo sofista no es un ser eterio, esencial, sustraído, es un hombre que sufre
y piensa el mundo. Este filósofo, necesariamente debía enfrentarse a la noción
de filósofo de la academia platónica, que coinciden al filosofo, como el
dialéctico, un ser poseedor, contenedor de conocimientos que llega a través de
la contemplación, a través de la visualización de las ideas.

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