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Hegel o los Límites de la Dialéctica

Hegel intenta explicar la historia de la filosofía y humana a través de la dialéctica; esta dialéctica está lejos de ser entendida a la manera platónica. En este caso, la dialéctica se entiende como la relación que se entabla entre los hombres constituidos en sociedad. En su obra la Fenomenología del Espíritu[1] Hegel explica detenidamente una dialéctica que considera importante para la comprensión de los fenómenos sociales. Para el autor, los seres humanos adquieren conciencia de sí por medio de los deseos y de las acciones; es precisamente ese desear y actuar el que abre al ser humano hacia el exterior donde se consigue con los deseos y acciones de otros seres humanos; es el espacio externo al Yo donde las autoconciencias se encuentran. El ser humano posee la necesidad de abrirse al encuentro de otros seres humanos; se constituye y se reconoce en la medida que es reconocido por el otro, en tal sentido necesita al otro para validarse. Sin embargo, el encuentro entre los hombres está lejos de constituirse, para Hegel, en una relación armónica e idílica. En el encuentro entre dos hombres se produce el enfrentamiento entre dos autoconciencias; esto, recordamos, está basado en una relación de dependencia, al poseer cada autoconciencia la necesidad de ser reconocida por la alternante.



En la dialéctica presentada por Hegel, los alternantes se sienten amenazados entre sí; cada quien tiene el riesgo de perder su relación de ser-para-sí y convertirse en ser-para-el- otro. Por tanto, cada conciencia tiene la necesidad de recuperar su esencia, retornar para-sí. Cada autoconciencia recupera su esencia cuando es reconocido por el otro, el cual posee la misma necesidad de retorno a sí mismo. Cada autoconciencia posee la necesidad de que el otro lo reconozca y hace todo lo posible porque así sea.

La lucha entablada entre las autoconciencias es inmisericorde y hasta la muerte. El enfrentamiento se resuelve en el momento que se produce un desequilibrio entre las fuerzas enfrentadas; en el instante en que una autoconciencia al arriesgar su vida, está dispuesta a matar o morir en el intento de ser reconocida; y, el alternante, embargado por el temor de perder la vida, reconoce como superior a la autoconciencia alternante, perdiendo así su libertad e independencia. El más agresivo, la autoconciencia que estuvo dispuesta a morir, es reconocido como el señor, mientras el segundo, el que doblega, es reconocido como un ser inferior; y por tanto, como esclavo. Es el señor quien alcanza el reconocimiento de su autoconciencia libre; y, contrariamente, el esclavo alcanza la posición de una autoconciencia esclava, dependencia, cuya esencia se convierte en un ser-para-otro.

Por otro lado, en metafísicamente Hegel la historia involucra una dinámica propia, un hacer progresivo, modificable, hilado; va desde un origen hacia un momento. Es justamente aquí, donde Hegel concibe la tarea del historiador. El historiador tiene el deber de acumular la mayor cantidad fidedigna de los hechos acontecidos, poseer la capacidad de contarlos de manera verídica, apegado a la objetividad escrupulosa. Más, la labor del historiador no se reduce a un mero contar; trasciende con creces el mero hecho de narrar. El historiador está obligado a determinar a través de un análisis racional las razones que guiaron el suceder de los eventos. Y, más profundamente, determinar las razones que impulsaron las razones que originaron el discurrir de la historia.

En este sentido, es sencillo observar cómo la noción de historia en Hegel adquiere un carácter metafísico, con personalidad propia. No es que se trate de un diseñador o arquitecto de la praxis humana, como a primera vista se puede inferir de la lectura de sus planteamientos. Es que el todo posee una especie de relación que impulsa los eventos de manera progresiva hacia un fin. En el pensador, la historia mantiene un diálogo sobre sí misma, casi como si tuviera la capacidad de racionalizarse a sí misma, cumpliendo con etapas necesarias dirigidos hacia una teleología indispensable; tal vez, irreductible.

Hegel es idealista, no porque su pensamiento marque una ruptura con la realidad. Por el contrario, aspira a explicar a la realidad. Mas, afirma que lo sucedido en el mundo físico se relaciona de manera determinante con la razón fundamental del existir. La idea se presenta en el autor, como la razón fundamental por la cual los eventos ocurren, sirviendo ésta de motor fundamental del hacer histórico. Por tanto, antes de ser un mundo que se delimita sólo en la dimensión de lo concreto, el mundo traduce la intención de la razón del mundo.

La razón del mundo que impulsa a la historia se traduce en los intersticios la razón humana. Hay historia porque hay hombre. Existe historia porque el hombre es esencialmente razón. En la praxis del hombre se manifiesta la razón del mundo. Alejado con la tradición filosófica que lo precede Hegel, asume a las pasiones humanas como componentes fundamentales de la razón. Las múltiples pasiones que generan las miserias del mundo, sirven de base para propulsar la dinámica de la historia, con la finalidad de concretar el espíritu de la razón en el mundo.

Al subsumir las pasiones humanas al orden racional del hacer del mundo, el autor desea dejar sin efecto la separación entre la barbarie evidente a lo largo del hacer histórico y la supuesta razón que tiende hacia una finalidad específica, la mejor de todas las finalidades. Porque, esencialmente Hegel interpreta la historia como un discurrir siempre progresivo, donde el desorden tiene cabida necesaria como motor hacia los fines correctos. 

Para el autor, la historia progresa a través de un discurrir dialéctico. Primero se presenta una tesis, como idea que se hace en la praxis del mundo. El discurrir de la tesis presenta necesariamente su contraparte, la antítesis; como oposición a la misma. Del conflicto y la tensión originada por el confluir de la tesis y la antítesis, se origina la síntesis, como amalgama de las dos ideas encontradas. A su vez, ésta síntesis se presenta en la historia como una nueva tesis, que inevitablemente producirá su antítesis, con la finalidad del surgimiento de una nueva síntesis. Esta dialéctica de la negación de la negación es necesaria para la manifestación del espíritu de la razón en la historia. 

Leyendo el párrafo anterior, tendríamos la tentación de afirmar que para Hegel, la historia progresa de manera indefinida, siempre hacia la perfección. Sirviendo el día de hoy como escaño para un mañana siempre mejor. Contrario a esto, el pensador identificó su tiempo como el final de la historia, el detener y la finalidad del hacer histórico del hombre. Traducido sólo en acción política humana, para Hegel la razón había llegado a su máxima expresión en la sociedad existente en su tiempo. Esto, por un lado defiende la organización sociopolítica vivida  por él como la mejor posible; justificando a la monarquía prusiana. Por otro lado, el pensador cancela las posibilidades que el futuro posee como vía para solventar los problemas presentes; como lugar donde las esperanzas realizarán un mundo más justo.

El sistema de pensamiento hegeliano no sólo relativiza la libertad humana, colocando a esta por debajo de la entelequia metafísica, que definió como historia. También, cancela las posibilidades futuras de una práctica humana más justa y digna. Tal vez, es esta la mayor objeción presentada hacia los planteamientos hegelianos. El estar de acuerdo o en desacuerdo con las ideas del pensador no se involucra con el debido análisis que su obra merece. Pues, lejos de las diferencias particulares, sus contribuciones a la tradición filosófica poseen un valor y una robustez mostrada por muy pocos pensadores a lo largo de la historia del pensamiento occidental. Por lo cual, afirmamos junto con Collingwood:

…La moraleja es  que los desarrollos políticos debiera concebirlos el historiador como integrados con desarrollos económicos, artísticos, religiosos y filosóficos, y que el historiador no debiera contentarse con nada que no sea una historia del hombre en su realidad concreta. A decir verdad, fue esta segunda crítica la que parecería haber influido consciente o inconscientemente sobre ciertos historiadores del siglo XIX[2].



[1] HEGEL, Georg  (2006): La fenomenología del espíritu. Plaza, Valencia.
[2] Universidad Católica Cecilio Acosta. (2013). El umbral de la Historia Científica. Robin George Collingwood. Material Didáctico para el programa de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Teología. Maracaibo. Venezuela., p. 125.

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